
Xenia, una universitaria humilde y de apariencia inocente, aparta de un manotazo la tarjeta dorada que un joven rico le ofrece: —¡No me humilles con tu maldito dinero! Yo, que vivo aún peor que ella, recojo la tarjeta que cayó a mis pies y se la devuelvo con cuidado a Leandro Montero. Él me observa de arriba abajo, evaluándome, y suelta con frialdad: —Haz que Xenia acepte la tarjeta… y te mantengo a ti también.

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